Resumen libro “Cambio en el corazón”

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Capítulo 1

INTROSPECCIÓN

  • Nuestra apariencia y vestimenta también tienen un impacto en nuestra capacidad de persuasión y, por lo tanto, en el éxito que tendremos en crear un cambio: Abandonar una pequeña parte de nuestra identidad para ser más eficaces a la hora de proteger el medio ambiente (o a los animales o a las personas) puede ser bastante más difícil de lo que parece para aquellos que nunca han tenido que tomar este tipo de decisión.

 

  • Un anarquista que se corte las rastas y se deshaga de su ropa oscura remendada a cambio de unos pantalones formales y de un jersey sin mangas con camisa va a ser más efectivo para persuadir al público y para ganar campañas.

 

  • Después de todo, ¿No es juzgar a las personas por su apariencia un problema social en sí? Sin importar que la situación sea justa o no, la realidad es que esos prejuicios existen y seguirán existiendo durante muchos años. Si no cambiamos nuestra apariencia para mejorar todo lo posible nuestra capacidad de persuasión sobre la cuestión principal, no estaremos luchando una batalla, sino que serán dos batallas a la vez, y es probable que perdamos las dos.

 

  • Llevar la ropa que queramos puede parecer justificado, pero no se conseguirán los mejores resultados para nuestra causa. Decir cualquier cosa que sintamos y dejamos llevar por las emociones puede parecer justificado, pero normalmente no producirá el mejor resultado.

 

  • Dejar que nuestras secuelas emocionales, las inseguridades sobre nuestra autoestima, o los deseos egoístas de que elogien nuestro trabajo nos manejen tendrá consecuencias muy negativas en el efecto que causemos.

 

  • El control de nuestras emociones es especialmente importante a la hora de decidir la forma de hacer activismo. Por ejemplo, es tentador elegir tácticas que nos satisfacen personalmente: llevar a cabo una manifestación para que podamos dar rienda suelta a nuestra rabia y frustración, o escribir cartas a diputados porque es una forma más fácil de comunicar nuestra opinión. También es una reacción instintiva el hecho de replicar a aquellos que difieren de nuestro punto de vista. Al hacerlo nos sentimos bien porque conseguimos expresarnos y tener sensación de poder, aguantar el insulto sin devolverlo no nos hace sentir bien en absoluto. En este tipo de situaciones, la pregunta que tenemos que hacernos no es « ¿qué es lo que quiero hacer?» o « ¿qué se merece esta persona?», sino « ¿qué opción es la más” eficaz para ayudar a quienes estoy intentando ayudar?». ¿Somos activistas dispuestos a mantener a raya la ira y la pasión para poder controlarlas en vez de ellas a nosotros? ¿Estamos dispuestos a poner a aquellos que queremos ayudar antes que nuestros propios deseos de expresión, antes que defendernos y antes que proclamar a voz en grito lo que creemos sin tener en cuenta la reacción de los demás? ¿Estamos dispuestos a ir más allá de los cómodos límites de nuestra identidad para conseguir ser lo más eficaces posible?

 

  • La mejor alternativa para lograr cambios específicos es la campaña proactiva, donde se examina con tranquilidad la situación de un problema determinado, se averigua donde y cuando se puede causar un impacto mayor, y entonces se procede de manera acorde.

 

  • Las campañas proactivas requieren mucha más planificación y esfuerzo que las campañas reaccionarias. También requiere mucho autocontrol emocional. En lugar de reaccionar violentamente por instinto y condenar los aspectos más visibles de aquello a lo que nos oponemos, necesitamos contenernos y centrarnos en cómo podemos abordar el origen del problema.

 

  • Una vez que nuestro trabajo como activista se haya convertido en parte de nuestra identidad, ¿cómo reaccionaríamos ante la evidencia de que ese trabajo no está consiguiendo demasiados resultados? Cuanto más apego emocional tenemos a algo, más valor le damos y con más firmeza creemos que es correcto.

 

  • Sobre creencias instaladas: «Al estar comprometidos públicamente con una creencia, los sujetos parecen más preocupados por defenderse y justificarse que por hacer una lectura desapasionada de las implicaciones lógicas de sus afirmaciones».
  • Esto responde a un proceso automático de disonancia cognitiva. La disonancia cognitiva es el sentimiento que surge cuando nos encontramos con una disyuntiva entre nuestras creencias y nuestro comportamiento. Para la mayoría de nosotros, la coherencia tiene una enorme importancia: el hecho de que nuestro comportamiento se corresponda con nuestras convicciones. Cuando esto no es así, cuando nuestras convicciones no concuerdan con nuestro comportamiento, solemos reaccionar de manera irracional.
  • La disonancia cognitiva también desempeña su papel cuando se demuestra que lo que hacemos no está dando resultado, o que sería más útil trabajar en otros problemas o usar otra táctica, inevitablemente encontramos excusas para continuar con lo mismo que estábamos haciendo: «esto es lo que sé hacer», «para mí es lo correcto», «esto tendrá éxito pronto», «alguien tiene que hacer este trabajo», etc.

 

  • Tenemos que prestar especial atención a si los aspectos de nuestra identidad suponen un obstáculo a la hora de lograr una mayor eficacia. Deberíamos observar sobre todo, como venimos señalando, si la apariencia y la vestimenta, las reacciones emocionales y los deseos de expresar nuestras convicciones nos impiden ser más influyentes. También tenemos que considerar con detenimiento si estamos valorando de manera lógica nuestra eficacia o si estamos tan cegados que hemos perdido la capacidad de pensar de manera crítica y de cambiar de dirección (a veces radicalmente) cuando ese cambio nos conducirá a mejores resultados.

 

  • Las investigaciones demuestran que es más probable que las personas ayuden a aquellos que son similares a ellos en la vestimenta, la actitud, la nacionalidad y otros atributos relacionados. (Es más probable que las personas se comprometan con una cuestión que afecte a aquellos que son parecidos a ellos)

 

  • Las personas también se sienten atraídas por cuestiones polémicas. Según un principio general de psicología llamado «el sesgo de la disponibilidad», las personas consideran que algo tiene más valor cuanto más escuchan sobre ello. Muchos problemas que conllevan un enorme sufrimiento reciben poca atención porque son problemas sistemáticos y no está sucediendo ningún acontecimiento trágico que llame la atención. Por lo tanto, es probable que los activistas ignoren algunos de los problemas más serios y que se centren en los más controvertidos

 

  • Una vez que hemos desarrollado el espíritu de la preocupación social, una vez que nos hemos dado cuenta del valor que posee el trabajo para crear un mundo mejor, tenemos que seguir adelante y prestar más atención a la manera en la que  gastamos la energía y el escaso tiempo que tenemos. Hemos de comenzar a elegir nuestra forma de activismo desde una perspectiva funcional. ¿Cómo puedo hacer el mayor bien posible?

 

  • El balance: El siguiente paso es averiguar cómo medir los resultados positivos que hacemos en ese momento y los resultados positivos que podríamos estar logrando si utilizásemos otras tácticas, si nos dedicáramos a otro tipo de campaña o si trabajásemos en otros temas completamente diferentes. Medir los resultados de nuestro trabajo es increíblemente importante para todos los activistas y las organizaciones sin ánimo de lucro. Nuestro balance se mide de dos formas: el número de animales que salvamos y la cantidad de sufrimiento animal que hemos eliminado.
  • Por ejemplo, sabemos que por cada persona que se hace vegetariana o vegana, se librarán de una vida de sufrimiento en las granjas industriales 40 animales al año (Fnednch y Ball). También podemos estimar de manera bastante acertada a través de encuestas y recopilación de datos el número de personas que, gracias a nuestros métodos de divulgación, se vuelven veganas o vegetarianas. Tenemos que insistir en la importancia de crear estos balances en el activismo.

 

  • “ El activismo eficaz empieza con un objetivo específico y termina con unos resultados perceptibles “

 

  • Si de verdad nos preocupamos por los demás, debemos ser responsables y realizar el esfuerzo mental necesario para averiguar cómo podemos conseguir mejores resultados. Los buenos padres no solo “hacen el bien sin importar cómo” cuando se trata de sus hijos. Ni tampoco aparecen una vez a la semana y sostienen un cartel durante dos horas para demostrarles que los quieren. Los buenos padres se toman su tiempo para documentarse sobre la psicología infantil, se informan de las diferentes fases de desarrollo y la mejor manera de criar niños felices, y ponen ese conocimiento en práctica todos los días.

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